#PrevSerie 1×02: “A fuego lento”

Según fueron pasando los minutos de encierro, sintió como una ola de sensaciones sobrevolaban su cabeza. El café con dos azucarillos; en los aviones, ¿pasta o pollo? Mejor pasta, el pollo suele estar seco; el whisky con una piedra de hielo para que se disuelva y haga más accesible su paso por la garganta. El sentido del gusto empezó a delatarse, como si esperase que eso le ayudase en algo pero inmediatamente pensó que la preferencia del azúcar frente a la sacarina no le iba a sacar de aquella maldita habitación.

Como había previsto, echó un nuevo vistazo a la habitación pero la sudadera le llamó de nuevo la atención, como un imán a un fragmento de hierro. La tomó del perchero y la estiró delante suyo, comprobando que talla aproximada tendría. Al hacerlo se paró a observar lo que llevaba encima: Un pantalón de pijama gris y una camiseta blanca, sin marca, sin logo. Decidido, introdujo sus brazos en las mangas y se colocó la nueva prenda sobre su cuerpo. Le quedaba bien. Parecía hasta hecha a medida. Fue entonces cuando metió sus manos en el par de bolsillos de la sudadera cuando palpó algo en el interior.

-¿Pero qué…? – Fue la primera frase que pronunció desde su despertar. Alcanzó lo que había encontrado y descubrió una tarjeta. Era dura y una amplia cinta magnética la recorría de extremo a extremo. Le dio la vuelta y se encontró con un escrito a rotulador permanente que esbozaba un claro: “A fuego lento se cocina mejor”.

Descolocado con el mensaje, alzó la vista y se dio cuenta de que a un lado de la puerta había un diminuto dispositivo. Seguido del instinto se acercó a él y lo tocó con curiosidad. Pensó rápido y miró la tarjeta. Esperando que funcionase, la acercó a dicho objeto y un sonido fue la señal que advirtió la apertura de puertas. Con miedo, tiró del pomo y ante él se abrió la entrada. Se asomó con miedo y vio un largo pasillo lleno de puertas similares a la suya. Recordó entonces que iba descalzo pero no había zapatos en su cuarto.

Derecha o izquierda fue si siguiente opción pero como a la derecha el pasillo giraba, no dudó demasiado. Echó a correr a toda velocidad, sin mirar atrás. No se iba a poner a investigar mucho más el entorno. Que no recordase no le hacía imbécil y si despertaba en una celda y lograba salir, lo que menos haría sería perder tiempo. Siguiendo el camino llegó hasta otro pasillo también lleno de celdas pero al final de este había algo distinto al resto: Una puerta de acceso.

Corrió hacia ella y en cierto punto casi se cayó en un traspiés, pero recobró el equilibrio y alcanzó de un manotazo esta cuando una dulce voz femenina le preguntó al sentir su presencia:

-Trufas blancas, azafrán y caviar de esturión.

Las palabras de la voz le descoloraron aún más.

-¿Qué?

-Trufas blancas, azafrán y caviar de esturión. – Repitió la delicada mujer.

Entonces alcanzó la tarjeta que había encontrado en la sudadera y probó a pasarla por el mismo dispositivo que al lateral de la puerta había, pero por tercera vez la voz dijo lo mismo. Giró la tarjeta y una ligera sonrisa apareció en su rostro.

-A fuego lento se cocina mejor.

Ante aquellas palabras, la voz le dio paso y la salida se abrió ante él. Una pequeña sala con otras tres puertas apareció y por un momento pensó que aquello tenía que ser una broma pero la del frente estaba ligeramente abierta y conducía a unas escaleras de cemento que contrarrestaban completamente con el resto del entorno, tan blanco que molestaba en los ojos. Subió a toda prisa y una última compuerta fue el restante obstáculo antes de volver a sentir el aire, el aroma a mundo. Si las escaleras de cemento ya eran de por si chocantes, la cabaña de madera a medio construir con la que se topó al salir le dejó aún más en shock.

Sea como fuese, sintió la libertad. Cerró la compuerta y caminó entre los restos de tejas y tablas hasta que descubrió donde estaba. Un amplio bosque se abría a su alrededor, entorno a aquella cabaña, la misma que ocultaba unas celdas bajo sus pies. Tenía sed, e incluso un poco de hambre.

-Debí haberme comido aquella maldita hamburguesa. – Se dijo a sí mismo. Sin embargo, era tarde para volver. Alguien le había dejado la forma de huir en sus manos pero si no recordaba su nombre, menos a posibles aliados.

Se arremangó el pantalón gris e hizo lo mismo con las mangas de su sudadera. Al hacerlo dejó caer la tarjeta y aunque se dio cuenta, imaginó que aquello no le serviría de nada más allá de los árboles. Procurando no hacerse daño, puso un pie fuera de la cabaña y el mullido musgo del suelo le dio la bienvenida. Era curioso pues aunque había escuchado lluvia y granizo hacia apenas unos minutos en su celda, allí fuera brillaba el sol entre las aglomerantes ramas.

-¿Randy? – Dijo una voz a su espalda. Un chico de pelo alborotado, oscuro y mirada absorta levantó su mano saludándole y sin mayor comunicación le arrojó algo en el aire. De forma automática le chico cogió lo que le pasó pero al cogerlo se encontró con un revolver. – Recuerdas como usarlo, ¿no?

El joven enarcó una ceja y le miró inseguro.

-¿Randy es mi nombre? ¿Quién eres tú?

El otro chico rió ante las preguntas.

-Obvio que Randy no será tu nombre real pero es como nos dijiste que te llamásemos. Night tampoco es mi nombre, pero así funciona. – Se encogió de hombros y miró sus pies descalzos. – Menos mal que me dijeron que te trajese unas.

De la misma forma que el revolver le pasó unas deportivas atadas entre sí que cogió al vuelo.

-¿Dónde estamos? No me has dicho quien eres.

El chico de pelo oscuro puso los ojos en blanco y atrevidamente se acercó a él, le quitó las zapatillas de deporte de las manos y las desató para que se las pusiera.

-Ya veo que tienes amnesia, o te estás haciendo el tonto. – Le miró desde abajo y la mirada perdida de Randy confirmó su primera teoría. – ¿En serio tienes amnesia? Tiene que ser una broma.

Le metió forzadamente los pies en las deportivas, hizo dos rápidos nudos y de nuevo de pie le dio una ligera bofetada en la mejilla.

-Tío, soy Night, llevamos meses ahí abajo con esa gente y nos acaban de ayudar a huir.

-¿A huir? ¿A dónde?

Ante estas nuevas cuestiones, Night, como había dicho que se llamaba el chico moreno, sacó de su propia sudadera negra una tarjeta similar a la de Randy pero quien quiera que fuese el que les había ayudado a salir, a Night le había dejado algo más.

-Según esto, el “dónde” lo decides tú pero si estás empanao mentalmente, vamos de culo y cuesta abajo. – Le pasó un papel a Randy que este alcanzó y leyó: “Llévate otro par de zapatos. Randy también estará a salvo. Él sabrá a dónde ir. Os espero allá donde no llega la luz”

Suspiró al leerlo pero Night le empujó hacia fuera.

-Tenemos que irnos, sea donde sea, lo de “donde no llega la luz” –esto lo dijo haciendo comillas con los dedos–, ni puta idea, ¿no?

Randy negó con la cabeza y solo la volvió hacia el profundo bosque, un inmenso océano verde que poca confianza transmitía. Se tomó unos minutos de reflexión hasta que supo que hacer. Arrugó la nota en el interior de su sudadera, se puso la capucha y miró a Night.

-He decidido que…

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